Reseñas Pañeros

Published on octubre 25th, 2015 | by Rufo

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Viajando al pasado

 

No son muchos, pero lo cierto es que hay cantaores que son capaces de retrotraerte al pasado con esa arcaica y arraigada forma de esculpir el cante. Suelen ser artistas que entroncan con una herencia familiar ligada en todas sus vertientes con el flamenco, y no sólo con el flamenco como manifestación artística, sino como forma de vida, es decir, como cultura. Así se criaron los hermanos José y Perico; los Pañero. Su arte corre el peligro de extinguirse, por ello es un tesoro que hay que disfrutar siempre que se tercia ocasión. En vista de ello, Antonio Benamargo tuvo a bien programarlos dentro de su ciclo “Sagas Cantaoras” en la Fundación Casa Patas, y allí nos dimos cita los buenos aficionaos.

José es el mayor de los hermanos, mientras que Perico es más grande…de altura claro. Sus alrededor de 2 metros de altura no son impedimento para moverse al son de la bulería con esa elegancia natural. Durante el recital, los hermanos deshojaron cantes y bailes alternativamente para reencontrarse en las tonás y las bulerías. Estuvieron acompañados por la sonanta flamenca de Antonio Moya, que supo llevarlos en volandas en todo momento.

Lo de Perico fue caso aparte, cantó con la profundidad de los genios, arrancando “oles” sinceros. Cante gitano llevado a su máxima expresión por soleá, recorriendo el abanico geográfico y estilístico, incluso rescatando formas melódicas prácticamente desconocidas hoy en día, como el cante de la Serneta (4). Por tonás puso en ebullición a toda la Sala García Lorca, rebuscando con su voz la raigambre de su herencia. Fandangos de Huelva, Alosno y Manuel Torre y seguiriyas complementaron su repertorio. Antes, José se había encargado de abrir por cantiñas y fue en su baile por tangos donde terminó de meterse al público en el bolsillo. Esas hechuras no pueden ser más gitanas. Técnica depuradísima de cintura y manos, manos que tiran pellizcos sin tocarte. Ya quisieran muchos grandes del baile tener su braceo y su jondura. Quizás su momento álgido, junto a su baile, fueron las bulerías por soleá llenas de reposo y solera, recordando a Tío Borrico por momentos y a Sordera en el cierre del Sordo La Luz.

El recital fue una exaltación a la autenticidad, a la verdad, a lo adquirido en el entorno familiar. El regocijo llegó a su máxima expresión en la fiesta buleaera final, donde ambos dejaron patente un baile exquisito a base de jugar con la chaqueta. Destilaron elevadas dosis de finura y estilo. Culmen teñido de oro, donde por instantes viajamos a un pasado no muy lejano.

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